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Un total de 125 marcas se reparten en España la explotación de los manantiales naturales distribuidos por toda la geografía

Ys lo dijo Darwin en su teoría de la evolución, la vida se originó en el agua. Una pequeña charca fue el punto de partida de todos los organismos vivos. Y no acabó ahí la importancia del líquido elemento. Inodora, insípida e incolora -según el diccionario de la Real Academia de la Lengua-, ocupa el 71% de la superficie terrestre, supone aproximadamente el 70% de un cuerpo humano adulto y es imprescindible para nuestra supervivencia. Somos agua, aunque en polvo nos convertiremos. ¿Cuál es, pues, la paradoja de este paraíso acuático? Del 71% que inunda el globo terráqueo, tan sólo un 1% resulta apta para el consumo. Y, teniendo en cuenta que nuestro planeta se vuelve más seco cada día, el futuro no resulta lo cristalino que debiera.

De este festival de datos habría que extraer una idea clara: el agua es absolutamente imprescindible para nuestro organismo, ya que se encuentra implicada en la mayoría de sus funciones. Seríamos capaces de vivir casi dos meses sin alimentos, pero muy pocos días sin agua. La guerra por su posesión está abierta. El mercado ha mostrado su interés por este recurso y, mientras algunas compañías estudian sus bondades, los gobiernos comienzan a preocuparse de su protección. España no escapa a la tendencia. Hace unos meses, el borrador del anteproyecto para la Ley de Bases de Aguas Minerales y Termales, elaborado por el Ministerio de Industria, levantó ampollas entre los empresarios del sector, a pesar de que la Administración se apresuró a explicar que «el texto no pretende nacionalizar estos recursos, sino integrarlos en la Ley General de Aguas, puesto que se trata de bienes geológicos de dominio general, propiedad por tanto de los españoles».

De hecho, de los más de 20.000 hectómetros cúbicos de aguas de uso común, la medida afectaría sólo a un porcentaje de entre el 0,01 y el 0,02 del total, según datos de Industria, «sin perjuicio económico para las empresas puesto que se concederían largos plazos de explotación aunque, eso sí, tendrían que solicitar concesión administrativa y pagar impuestos a los ayuntamientos». Y es que el negocio del agua embotellada mueve en España la nada despreciable cantidad de 1.100 millones de euros, según datos de 2005.

Tres categorías

Cada vez tomamos más agua envasada. El culto al cuerpo y la preocupación por la salud marcan tendencias también en este ámbito. Queremos vivir y beber sano, y tenemos la suerte de habitar un país que dispone de gran riqueza en aguas subterráneas, con cerca de 2.000 manantiales de los que surge dulce. A la cantidad se suma, además, la variedad. Las aguas comercializadas en España cubren los gustos más exigentes gracias a la diversidad geológica.

Existen tres categorías de agua envasada. Las minerales naturales, de origen subterráneo y protegidas contra los riesgos de la contaminación, son bacteriológicamente sanas y muestran una composición constante. Las de manantial, aguas potables también de origen subterráneo, que emergen espontáneamente o se captan mediante labores a tal efecto, de las que hay que separar los elementos materiales inestables para poder consumirlas. Y las preparadas, sometidas a tratamientos fisicoquímicos necesarios para cumplir los requisitos sanitarios exigidos.

El valor añadido de las dos primeras clases radica en los medios técnicos empleados para preservar su pureza original y personalidad. Por tanto, no todas las aguas envasadas son iguales. Cada una responde a una composición distinta, que le confiere características propias debido a la cantidad de minerales y otros componentes que posee.

Las etiquetas de cada botella desvelan el misterio. En ellas aparece desglosado el análisis químico de las sustancias contenidas, la cantidad en miligramos por litro de bicarbonatos, sulfatos, sodio o magnesio, entre otros elementos, que podríamos hallar tras un análisis.

Si atendemos a las que los expertos aconsejan para la salud, la médico nutricionista Paz Bañuelos lo tiene claro: entre el agua del grifo y la envasada, se queda con la segunda, «siempre y cuando sea de calidad, porque la del grifo está clorada y, aunque los niveles de cloro en el agua que llega a nuestras casas están muy controlados, inevitablemente, se acumulan residuos que no son buenos». Por eso, para beber y cocinar recomienda el agua embotellada de baja mineralización, o lo que es lo mismo, aquella que no supera los 500 miligramos de residuos secos -minerales- por litro, preferiblemente, además, si no tiene gas.

Los dueños del mercado

Mucho se habla de los supuestos beneficios del agua envasada para resolver las distintas patologías que afectan al cuerpo humano. En este sentido, la doctora advierte de que «los minerales hay que aportarlos, en general, a través de los alimentos». Beneficios irrefutables son los que engordan las arcas de las empresas envasadoras, sobre todo en el momento actual, cuando el sector despunta entre las bebidas no alcohólicas.

La fiebre del agua, intrínsecamente unida a la de la salud y el aspecto, logró que la producción aumentara un 5,5% en 2005 respecto al año anterior, según estadísticas de la Asociación Nacional de Empresas de Aguas de Bebida Envasada (ANEABE), lo que supone 5.489 litros consumidos. Por tipos, las más solicitadas fueron las minerales (94,78%), por supuesto sin gas (96,1% frente 3,9%). Cada español tomó de media, durante 2006, 51 litros de agua en su casa, y 70 litros si sumamos el consumo en hogares y restauración. La tendencia ascendente ha influido en el mundo de la hostelería, donde los establecimientos más receptivos a los cambios ofrecen ya ‘cartas de agua’.

El sector crece y sus líderes invierten para optimizarlo, por eso se han ocupado de detalles como mejorar el diseño de sus botellas o de diversificar el producto poniendo a la venta aguas con sabor a fruta, entre otras medidas. Pero, ¿quiénes son los más fuertes?

España cuenta con 125 marcas reconocidas en el Registro General Sanitario de Alimentos, que se mueven en un sector atomizado -con bastantes pequeñas empresas- y regionalizado -de manantiales locales-. Pero, a la hora de repartir la facturación, son las firmas importantes, capaces de afrontar los costes de distribución por todo el territorio nacional, las que imponen sus nombres.

Por eso, no es casual que en 2005 fuera Danone -Font Vella y Lanjarón- quien se llevase el 26,7% del pastel, con mucha diferencia sobre el segundo grupo más poderoso, Vichy Catalán -Vichy Catalán, Malavella, Mondariz, Font d’Oro, Font del Regás, Les Crues y Fuente Estrella-, que facturó el 11,3%. Por debajo de estos dos gigantes, Nestlé Waters -Aquarel y Nestlé Pure Life- obtuvo el 7,1% de la tarta, seguido de cerca por el Grupo Leche Pascual -Pascual Nature, Bezoya y Cardó-, con el 6,9%; San Benedetto -Fuente Primavera, Fuenciscla y Font Natura-, con el 5,8%; Solán de Cabras, con el 5,5%; Grupo Damm -Veri y Fuente Liviana-, con el 3,5%; Grupo Fuensanta, con 2,5% y una cola de diversas pequeñas empresas que ocuparían el 30,7% restante de la cuota de mercado del agua embotellada.

Si elaboráramos un mapa de resultados atendiendo a la provincia en la que más firmas embotelladoras encuentran el manantial del que extraer su agua, Gerona resultaría la aplastante ganadora con 18, más del doble que Valencia, que proporciona manantiales a 7 marcas, y Lérida y Las Palmas, con 6 cada una.

Ni exceso ni defecto

Bien sea con agua mineral natural, de manantial, preparada o del grifo, el cuerpo humano necesita reponer los dos litros o dos litros y medio de agua que pierde al día. Por supuesto, esta pérdida depende de diversas variables, como el clima -obviamente, se consume más agua si hace calor-, la transpiración, la actividad física o la dieta. Factores que influyen en el contenido del agua de nuestros cuerpos son los años -a mayor edad, generalmente, menos agua-, el sexo -poseen más agua los hombres que las mujeres- y, sobre todo, el volumen corporal.

Aproximadamente la mitad del líquido que necesitamos ingerir llega a través de los alimentos. Los de origen vegetal aportan más agua, unos porque ya la contienen -son entre 70 y 90% de agua- y otros porque los rehidratamos a la hora de cocinarlos, como en el caso de legumbres y cereales. Esto no ocurre con las carnes o embutidos, productos ricos en sodio que ’secan’ el organismo, preparados habitualmente al horno o a la plancha, lo que los deshidrata aún más.

Debemos atender a todos estos aspectos a la hora de hidratarnos. «Beber demasiado al día sin justificación es peligroso, ya que se fuerza a trabajar al riñón y puede haber pérdida de sustancias -explica la doctora Bañuelos-. El cerebro cuenta con un centro de regulación de la sed, y hay que hacerle caso. Por romper tópicos, mi consejo es que se beba cuando se tiene sed».

Fuente: idea.es

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